A veces es innecesario tener un motivo preciso para escribir, innegablemente se halla presente en todas las dimensiones posibles de la vida. Escribo en la pizarra, en el libro de clases, en las pruebas que reviso, en la universidad cuando tomo apuntes. Últimamente, además, escribo para acercarme a algunas personas, para demostrar cosas que me resulta mucho más fácil ordenar cuando veo las letras, las palabras...como si todo fuese una estructura clara, una estructura lógica. Escribir y reescribir ¿para qué? No lo sé realmente, la futilidad de este acto en los últimos meses me mantiene tranquila e intranquila a la vez. Siento que me desahoga pero a la vez me oprime saber que sólo quedan mis textitos en un "gracias" y una sonrisita buena onda. No quiero buena onda. No soy el Hogar de cristo o la mujer ascética que busca la redención, la salvación del alma. No soy super-buena-onda, como dijo por ahí Lemebel, y en mi caos tiendo a ser intensa, arriesgada, fuerte.
Quizá por esto último es que la incomodidad con la vida me la está ganando. No me gustan las cosas a medias, contradictorias, ambiguas. Y en este momento, todo está tendiendo a ese camino. Desde cuándo la moderación es algo tan maravilloso? Sí, viva la prudencia y las virtudes cardinales, gracias Platón, gracias Santo Tomás. Viva la mesura, vivan los puntos medios, viva el consenso. Chapeau! La tibieza a veces se me contagia y me reorienta, me interpela y me hace declinar en lo que realmente quiero o haría. Tragedia. Tragarme las palabras una por una, que el escupo me golpee la cara una y otra vez. Mi rebeldía aplastada por la tan afamada moderación, por el diálogo, por el acuerdo que no quiero. No quiero seguir negociando, no quiero la buena onda. Lo quiero todo, o nada, pero me hastié de esta vida tan preprogramada que empecé a vivir Dios sabe cuando y que ahora siento como una opresión en la espalda y en las piernas.
Se acabó, ya corri mis propios velos y es hora de actuar acorde a la luz que entró por todos lados. Que se active toda mi locura y mis anhelos y que se transformen en acciones y en perder el miedo. Me aburrí: a arrasarlo todo, a quemarlo todo para poder volver a crear (y creer).
Quizá por esto último es que la incomodidad con la vida me la está ganando. No me gustan las cosas a medias, contradictorias, ambiguas. Y en este momento, todo está tendiendo a ese camino. Desde cuándo la moderación es algo tan maravilloso? Sí, viva la prudencia y las virtudes cardinales, gracias Platón, gracias Santo Tomás. Viva la mesura, vivan los puntos medios, viva el consenso. Chapeau! La tibieza a veces se me contagia y me reorienta, me interpela y me hace declinar en lo que realmente quiero o haría. Tragedia. Tragarme las palabras una por una, que el escupo me golpee la cara una y otra vez. Mi rebeldía aplastada por la tan afamada moderación, por el diálogo, por el acuerdo que no quiero. No quiero seguir negociando, no quiero la buena onda. Lo quiero todo, o nada, pero me hastié de esta vida tan preprogramada que empecé a vivir Dios sabe cuando y que ahora siento como una opresión en la espalda y en las piernas.
Se acabó, ya corri mis propios velos y es hora de actuar acorde a la luz que entró por todos lados. Que se active toda mi locura y mis anhelos y que se transformen en acciones y en perder el miedo. Me aburrí: a arrasarlo todo, a quemarlo todo para poder volver a crear (y creer).
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